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Seguramente conocen aquella historia escrita por Loren Eiseley (1907-1977), “El joven y las estrellas de mar”. Esta historia cuenta que un anciano vivía cerca del mar y que todos los días salía a caminar muy temprano en la playa, para reflexionar, pensar y posteriormente escribir algo.

Una mañana, cuando iba caminando por la playa, sucedió algo diferente. Mientras caminaba por la playa solitaria, vio que un joven recogía estrellas de mar varadas en la playa y las lanzaba al mar.

¿Qué haces?, le preguntó

El joven le dijo:

– Hoy amanecieron muchas estrellas de mar tiradas sobre la playa, el sol estará muy fuerte y la marea empieza a bajar, si no las recojo y las aviento al mar, se van a secar y se van a morir, por eso las estoy regresando al mar.

El anciano le dijo:

– Se ve que eres muy joven todavía, no te das cuenta de que son miles y miles las estrellas de mar que están tiradas en la playa en este momento y que son kilómetros de playas, señalándole el horizonte.

-¿Crees que tenga sentido y valga la pena tu esfuerzo, de estar arrojando una por una las estrellas al mar?, le preguntó.

El joven no le dijo nada, lo miró respetuosamente, se agachó para agarrar una estrella y con el mismo entusiasmo la arrojó muy lejos dentro del mar y le dijo:

– Señor, para la estrella que acabo de devolver al agua sí valió la pena. Ella no morirá y tendrá una nueva oportunidad.

Ante aquella respuesta, el anciano sintió algo de vergüenza, dio media vuelta y se fue.

Cuenta la historia que en la tarde el anciano escritor reflexionó hasta que tomó conciencia de que nunca había hecho nada por los demás, que solo había sido un observador en su vida, y que en cambio aquel joven con esa acción tan sencilla de estar arrojando estrellas al mar, estaba participando, estaba haciendo algo importante por la vida y, con ello, estaba dejando su huella en el universo.

Le dio tanta vergüenza que esa noche no durmió pensando en lo que tenía que hacer para trascender en su vida. Se dio cuenta de que para trascender no era necesario realizar enormes proyectos o grandes acciones, sino que en la sencillez estaba la grandeza.

Entonces tomó la decisión de ya no ser un observador y participar activamente en la vida. No tenía claro cómo hacerlo, pero sabía que tendría que participar, que algo ocurriría.

A la mañana siguiente, se levantó muy temprano, confundido, pero con un nuevo mensaje en su corazón. Se fue a caminar a la playa, donde se encontró al joven de nuevo, arrojando estrellas al mar. Lo saludó afectuosamente y ahí entendió: recogió una estrella y él también la arrojó muy lejos dentro del mar.

Comprendió la grandeza en esa sencillez, y se puso a ayudarle al joven a arrojar una y miles de estrellas al mar durante todo el día. Decidió ya no ser un observador, decidió participar, ayudar; y junto al joven decidió también dejar su huella en el universo.

En “Agua para el Tercer Mundo-Perú” hemos comprendido que independientemente de la inmensa cantidad existente de población rural necesitada de agua en sus hogares, el esfuerzo que hacemos tiene total sentido para aquellas familias que se benefician directamente de los pozos artesanales y de las bombas a pedal, derivados de nuestras acciones, contribuyendo a mejorar su calidad de vida, transformando sus vidas.

“Agua para el Tercer Mundo-Perú” está empeñada en esta labor, constituyendo nuestra visión y misión institucional, estando en permanente esfuerzo por ampliar nuestra cobertura y llegar a más familias.

Todo esfuerzo que contribuye a mejorar la calidad de vida de las personas genera una mejora en la sociedad en su conjunto y contribuye a un mundo mejor. Confiamos en que nuevos socios cooperantes se nos unirán en nuestro esfuerzo de brindar acceso al agua a más hogares rurales y transformar sus vidas para mejor.